Apunte.

No acepto cambiar mis costumbres matinales más fervientes, es decir, comerme la galletita del café o colocar el sobre mediado de azúcar bajo el plato doblado dos veces.

Paralelamente a esto, la máquina registradora, suena vieja, saca sus tickets con un traqueteo acelerado y duro, ¿será soviética? Parece estar dando explicaciones que nadie merece.

¿He dicho soviética? ¡Oh dios! ¿Hace cuánto ha dejado de utilizarse ese término? ¿los ochenta? Desde que el muro se vino abajo quizás… Quizás desde entonces la gente la tenga desplazada en algún rincón de su memoria. Lo cierto es que la gente sigue teniendo la concepción de que el Este, constituye una orda de comunistas sanguinarios que buscan volar medio planeta para conseguir derrocar el capitalismo. Los americanos tiemblan sólo con oir MATRIOSKA… VODKA! No hace falta ningún arma de destrucción masiva, con oir esos dos vocablos ya están todos más muertos que la Generación del 27.

Da igual que nos tengan controlados desde que nacemos, pasando por el sistema operativo que utilicemos, hasta la hora en que nos recetan el primer sintrón, con pronunciar “POLITBURO” lo teneís todo hecho.

 

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Escarchados.

Anna Karina.

 

Emprendiendo un viaje por el finito camino de baldosas grises pensaba. Pensaba en ir a tientas por la ciudad, en cerrar los ojos e intentar encontrar el camino sin necesidad de concentrar su mirada en el entorno. Poseer la capacidad suficiente para valerse de sus demás sentidos. Fue incapaz. Abrió los ojos después de cuatro segundos de fugaz reflexión y siguió su camino como cualquier otra persona vidente.

Pero, inevitablemente, comenzó a preguntarse si el hecho de poseer dos ojos por los que ver el mundo nos permitía verlo todo naturalmente cómo realmente es. En verdad, estamos repletos de filtros. Filtros sobre las imágenes directas que percibimos, desde la publicidad y la televisión hasta nuestras relaciones. Si es cierto que no estamos ciegos, porqué entonces nos empeñamos en ver cosas que no existen, en conformar expectativas que no pude distar más de la realidad, o de enlazar hechos desagradables de un modo en el que no lo parezcan tanto perfilando un cariz completamente distinto al real. No lo sabía, no sabía nada, ni tampoco porqué había llegado a cuestionarse este tipo de cosas a altas horas de la madrugada.

Sólo podía ser consciente de los hechos palpables de la noche fría, alejada del verano pero aún precoz para llamarla otoñal. Captaba la luz amarillenta de las farolas, el sonido de sus pasos sobre la calle adornada con charcos dispersos, el murmullo de la gente fumando fuera de los bares… Capaz. Capacidad para tocar lo estrictamente empírico. No existía un mínimo de atrevimiento.

Cruzando la calle, cambia a la acera de la izquierda, se acerca a la pared, extiende su brazo y permite que su mano palpe las puertas y los tramos huérfanos. Ahora sí, cierra los ojos

-Pensarán que estoy chiflada.

O no, pero la cuestión era que ya nada parecía indicarle nada. No tenía el más mínimo conocimiento para seguir… Vuelve a abrir los ojos y ve sus pies justo al filo de la acera, frente a la calzada. El peligro. Realmente conservaba un mínimo de conciencia sobre su propio camino. El camino a la cama que ni siquiera quería recordar.

Las ganas de llegar a casa eran nefastas, quería volver pero no a la suya. Quería entrar en una habitación diferente a la de siempre. Una que no estuviese rodeada por esas cuatro paredes blancas que la asfixiaban en un vacío neutro tan agobiante que le causaban heridas en los pensamientos rápidos. Un cuarto en que tumbarse boca arriba en la cama no supusiese que el techo se te viniese encima. Y un piso en el que no te diese la impresión de oir dos decenas de goteras aunque ni lloviese ni las hubiera.

Se quedaría esperando, no quería volver a meter la llave en esa cerradura y abrir las puertas del limbo. Porque realmente era eso, era el limbo de sus pensamientos, el lugar donde entran pero no suelen salir, y que vagando por el único pasillo que el piso poseía, le gritaban bajo el pesado silencio que sus labios no se atreváin a pronunciar. Insoportable, esa era la palabra.

-Necesito un descanso.

Necesitaba sentarse, pararse en un lugar distinto. Tomó asiento en el escalón de acceso al portal de un edificio amarillo oscuro, casi ocre. Metió la mano en el bolsillo de su gabardina, sacó un cigarrito… No tenía fuego. Comenzó a buscar por entre sus bolsillos, su bolso y de nuevo en la chaqueta, pero no encontró nada. Volvió su vista hacia el suelo, ni siquiera tenía ganas de suspirar, así que cantó.

Y una vez la pieza comenzaba a decaer en su boca, con el pintalabios congelado como escarcha roja, percibieron sus ojos un par de bonitos zapatos y su nariz el olor a fósforo. Cuando levantó la vista lo único que pensó fue:

-No creo que sea Gainsbourg.

Y siguió con su tema.

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A propósito de “Manhattan”.

Existe una fijación con la ciudad. Por mucho que la idea de apartarnos un buen día de todo el bullicio y emigrar hacia un medio rural, bucólico y divino, nos llame a las puertas de la mente un par de veces al mes (aunque no en mi caso), la relación con la ciudad siempre permance inexorablemente hacia delante.

Independientemente de tener conciencia sobre ello o no, todos nos mantenemos anclados a una ciudad. No significa que tenga que tratarse de la ciudad en la que siempre hayamos vivido, sino que un buen día nos atrapa y nos lleva consigo una vez que la abandonamos. Desde la primera vez en la que nos separamos de ella hasta el último de nuestros días, el vínculo que las personas llegamos a establecer con un mero núcleo de población urbano, resulta preocupante y a la vez encantador.

¿Hasta qué punto las personas somos dependientes del medio en el que habitamos? ¿Hasta dónde nos influye? Cada día, al poner el pie en la calle sentimos el aire, más o menos cargado, más o menos frío… Sentimos el ruido, la gente que habla, sola o acompañada, el ruido de nuestros pies sobre los adoquines, los bordillos o las baldosas. Inspira realmente la ciudad lo insufrible de los días, lo llevadero o simplemente lo inesperadamente extraordinario.

Lo que sí es seguro es que nos desconcierta en nuestras decisiones y tiene el mismo poder para darnos la vida y estrangularnos con un sólo minuto. Nos hunde y nos saca a la superficie, nos marea y nos centra. Nos enriquece y nos empobrece sin tener que hablar de dinero. No podemos mantener nuestro humor, trabajo, estudios y relación con los demás sin contar con ella.

Es una madre adoptiva en muchos casos, que no se corresponde con la ciudad o la localidad donde nacemos, pero que sin duda nos da prueba de que el lazo que nos une a ella es tan básico y necesario como el agua.

Llevados hacia las calles y los callejones, los puertos y las playas, los altos barrios y los bajos fondos, nos dirige hacia donde aún no tenemos noción de poder llegar. Nunca nos encontramos repletos por la ciudad, ella nos busca y nos conduce hacia donde se le antoja y a la vez, hace de todo ello una gran comedia de la que no tenemos suficiente fuerza de voluntad para salir.

La ciudad puede ser femenina o masculina, contundente o degenerada, seria u honda, tomadla sin prisa.

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Am(putaciones) al Arte.

Sobre todo este tema de discusiones y aberraciones posibles hacia el campo artístico, he de decir, y al mismo tiempo pronunciarme, que no todo el mundo comprende o sabe ante lo que está.

No es nada extraño oir por parte de cualquier extraño o conocido eso de “Eso lo puedo hacer yo” combinado con el más que célebre “Eso lo hace mi hijo pequeño con los ojos cerrados”. Bien, normalmente, seguido a toda esta declaración de intenciones, viene una mirada de indiferencia hacia la obra en cuestión… Y aunque en ciertas ocasiones la pieza ante la que podamos estar resulte tremendamente absurda, carente de significado o pobre en cuanto a cualquier tipo de noción técnica básica, reconozcamos que la mayoría de los espectadores que realizan estos “juicios” (si es que así se les puede llamar porque normalmente un juicio necesita de argumentos racionales y veraces) ignoran el concepto desde el que se trabaja o simplemente no entienden lo que ven.

Puede que lo primero sea notablemente más díficil de deducir, incluso para alguien que esté acostumbrado a pasear sus ojos por innumerables obras día tras día, sin embargo, el segundo punto termina por resultar el caso más común. Si bien no todo el mundo puede apreciar la sutilidad y la gran teoría científica del color que emanan las obras de Malevich con sus “Negro sobre negro” o su “Blanco sobre blanco”, tampoco se quedan cortos a la hora de amputar por las buenas unas cuantas ideas estéticas del cubismo. No hablamos ya del archiconocido “Guernica” de Pablo Picasso, sino de otros probablemente menos mediatizados como las obras de Juan Gris, que nos prestan mesas para tomar café o botellas de las que sacar alguna que otra gota para rellenar una copa. Tampoco es aqui donde oímos un “Qué capacidad para representar el espacio de una manera completamente distinta a la clásica “(ya no pido una crítica estética al estilo Viollet Le Duc, ni mucho menos, pero sí, apreciar, o al menos intentar apreciar el trabajo del artista y su concepción estética) sino un “qué mal dibuja este hombre! menuda chapuza… no me gusta!”.

Son por tanto estos “no me gusta”, en la mayoría de los casos, un “no lo entiendo”. De todos modos, este fenómeno de “disgusto” podríamos atribuirlo a muchísimas cuestiones. Por un lado, la tremenda jerarquización que se establece en cuanto a los estilos artísticos, por otro la poca difusión que existe sobre este aspecto de la cultura en particular y de ella en su totalidad, y por otro (por no dejar cojo una tercera posible razón) el elitismo que experimenta el Arte hoy por hoy, que parece predicar con un tremendo cartel luminoso: “No puedes ser artista si no tienes dinero”.

Sin  embargo tampoco está bien atribuir sólo culpas al exterior, sino que en el peor de los casos, somos nosotros mismos los que nos imponemos un patrón a la hora de establecer juicios estéticos o de valor en el Arte. A menudo motivado, como decíamos antes, por la no comprensión de los conceptos o la teoría de la artisticidad que maneje cada creador o corriente. Dejando para nuestros salones unas magníficas copias de Sorollas luminosos, y para nuestras estanterías (si es que se tienen… y no están vacías y sólo para adornar) algún libro sobre Rosseetti o Morris, o quizá de Goya (con un poco de suerte). Dando un gran abrazo a lo figurativo y una patada a lo abstracto. ¿Por qué? Bueno, ese es un tema sobre el que procuraré dar mi punto de vista en cualquier otro momento. De momento sólo diré que ARCO ha hecho y sigue haciendo mucho daño, pero que también las revistas de Casa y Jardín han comido las cabezas de toda una generación de madres y padres clasicistas, asi como perlas de la televisión como Sisi o por qué no, cualquier pieza del cine clásico. Sin olvidar, todo el clima derechista que ha primado en nuestro país durante demasiado tiempo (y que hoy sigue estando presente).

Sí que reconozco no obstante lo díficil que resulta hoy en día comprender el arte contemporáneo sin tener a mano el tríptico del museo o sala de exposiciones donde esté expuesta la obra, ese auxiliador pedazo de papel que nos da el suficiente poder para acercarnos a lo que dicen o quizá digan esas tres rayas de color azul sobre un fondo negro que parece no entender ni la tía del pintor… Sin embargo ahí reside una de las partes más interesantes de la contemporaneidad (cuando ésta no es pseudo arte, o una basura disfrazada de obra antisistema), en el acercamiento que el espectador debe realizar al artista para llegar a integrarse en su obra y llegar a compartir por unos instantes su punto de vista.

Yo, acólita convencida del dadá, estoy acostumbrada a oir las “pestes” emanar de numerosas gentes al contemplar obras de Duchamp o Hanna Höch, les digo… En realidad no digo nada, que les den.(REVISIONISTAS! *risas*)

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Marisol en Bénicassim.

Vuelta del verano. Del verano fatal en nuestro caso. Por el Norte no ha habido precisamente una temperatura especialmente veraniega, sin embargo, el verano se ha desarrollado con relativa normalidad.

Aún con todas las circunstacias que suponía este verano: una secuela del anterior, teñido por la más que célebre “crisis” que nos hace replatearnos para cuántas cervezas nos dan los euros que tenemos en el bolsillo a la hora de salir de fiesta; el retorno de amigos y amigas procedentes de otros puntos de España a los que se encuentran desplazados por motivos de estudios; o simplemente, el mal clima, y no me refiero al meteorlógico, que se impregnaba en el ambiente.

Por un lado no son factores tremendamente novedosos, sin embargo, se han visto potencialmente acentuados. Sin duda alguna, estos pocos meses de libertad académica, distensión y algo de libertinaje me han traído consigo más de una cara de asombro.

Realmente he llegado a plantearme decenas de veces si la humanidad al completo no sufrirá un trastorno bipolar hiper( que no hipster ) tenso con tendencia al egolatrismo agudo y la pretensión más siniestra. Si bien, somos capaces de saludar a la misma persona en la misma semana una vez con una sonrisa de oreja a oreja y al otro día con cara de haber enterrado en su jardín un cádaver fresco… En cuanto a lo del egolatrismo, creo que lo pongo sólo por quedar de auténtica imbécil, este es un punto del que todo el mundo es consciente… Nos amamos demasiado a nosotros mismos y todos sabemos que la culpa es de los libros de auto-ayuda, de los programas de adelgazamiento televisados y de la Neo. Ahora sí, lo de la pretensión, es algo que se sale de madre se mire por dónde se mire, y es que no podemos poner la vista en ningún punto sin notar que se sale a chorros de cualquiera de ellos. Pongamos algún ejemplo:Los bares de cocktails, esos magníficos emplazamientos donde darse el gustazo consumiendo exquisitas combinaciones de alcoholes… Lo que llega a matar esta afición degustativa tan compleja y amena a la vez, se convierte en un nido de gente que supuestamente sabe por lo que está pagando. Supuestamente, y suponer en este caso es mucho. En primer lugar, porque, por poner un ejemplo, no todos los cocktails son agitados y menos incluyen un baile sútil que no “parece para nada un numerito para ligar” del camarero y hacerse el estupendo… Segundo, no por más sombrillita va a estar mejor hecho. Ni por eso ni por llenarme un vaso de medio litro con 4 limas cortadas… Pedir un mojito incluye lima pero no lima con mojito… Y así todo. La parte graciosa que enlaza con lo pretencioso de las masas, llega cuando le preparan algo que no llega a ser exactamente lo que es ni del modo correcto , se presenta mal (pero monísimo) y así… Pero nada importa cuando la copa cuesta 7 euros y te queda dívina con unas sandalias que parecen más unos zancos con un pavo real muerto con incrustaciones en swarovski.

Con esto no vengo a realizar ningún juicio sobre los que frecuentan este tipo de establecimientos, ni tampoco a aquellos que se creen que les debes algo sólo por mirarles a su cara (no) bonita… Simplemente intento conformar un boceto (que se queda cojo) sobre la cara de la sociedad soleada que he visto conformar este año.

De todos modos, tampoco soy yo una chica que disfrute del verano de un modo tradicional y auténtico, se podría decir más bien que soy un poco negada. El verano y yo no nos llevamos bien, pero al menos nos tenemos respeto. Yo no voy a la playa pero sí como helados, y aunque no me ponga morena me maquillo las ojeras para no asustar demasiado a mis amigos con mi palidez pseudo mortuoria…

Aunque no sé de qué me quejo aqui, en Asturias, cuando no es nada comparado esto con el ambiente levantino español… ¿O debería decir inglés, alemán o francés? Porque señores y señoras, admitamos que el Levante ha sido colonizado por ellos, sólo quedan bares que ni si quiera tienen la carta en español, piscinas, hoteles, playa y tiendas de souvenirs y parques de atracciones, que apuesto han visitado más turistas que autóctonos. Pero, volviendo al tema… El ambiente es tremendo, podría decirse que una mezcla incluso kitsch, que aunque intente ir de moderna y renovada sigue destilando “los pajaritos”, Marisol y Benidorm 68… Qué atrás han quedado Ceuta, dónde iban a por transistores los abuelos, o Fuengirola… Ahora Mallorca y Benidorm son los reyes del mambo.

No estaría mal del todo volver a tener un verano sencillo de aquellos que a los de mi edad y algunos otros no llegó a tocarnos: viajes en coche en los que no se podía respirar de toda la gente que iba dentro, una neverita llena de Mirinda, los hits de Rafaella Carrá y de The Beattles (aunque a mi no me gusten) saliendo de los altavoces, las toallas con dibujos horribles de puestas de sol, las tarteras con tortilla, y los viajes a Altea que sólo se llevaban a cabo porque la hermana pequeña quisiese ir a  peregrinar a la casa que tenía alli Marisol… Ahora no, Altea está en manos de Norma Duval y su Emporio (hahahaha), comemos sandwiches que vienen ya hechos, nos ponemos hasta atrás de tinto de verano, escuchamos letras profundas como “Jhonny la gente está muy loca… WTF?! (osea “qué mi p*ta madre?!) y como mucho peregrinamos a Bénicassim.

Ninguna de las dos opciones está mal, pero reconozcamos que a veces el verano de las películas de suecas en bikini por Benidorm tienen su áquel… Al menos las suecas que salían alegraban la vista.

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Farolas divinas.

Como muchas de las preguntas que responderían al sentido de la vida humana, existen numerosos interrogantes personales, que se plantean según a quién. Dependiendo del tipo de persona que consideramos ser, que normalmente dista en gran medida de cómo nos perciben los demás.

No encontrarles respuesta, es, por tanto, una de las posibilidades con mayor probabilidad de éxito. Quedar reducidos a la duda y con la pequeña esperanza de llegar a encontrar un par de pistas que nos lleven a la respuesta.

Llegados a ese punto descubriremos que ya no hay nada. La pregunta que planteada en el comienzo ya no resulta útil, dado que el momento en que la respuesta tomaba importancia, ya no es el mismo, ha volado.

Vivimos llenos de preguntas, pasamos horas escudriñando nefastas o preciosas elucubraciones para finalmente dejarlas reducidas a desalentadoras realidades.

Éstas últimas, tan sólo disfrutadas por unos pocos, ante la poca preparación que conllevan. Tan sólo están hechas para inexpertos y genuinos perdedores que ya ni se inmutan por la derrota de las expectativas.

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Pipachic.

 

Estoy viendo cómo palpita una vena en mi muñeca. Cómo el bombeo llega hasta mi mano y la hace reventar. Explotar: Escribir 25 palabras absurdas. BOOM!

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